Jaime Mundina Soler - 1 -

ANSIAS DE VIVIR



Jaime Mundina, de Almazora, hace un relato vivo y apasionado de las vicisitudes por las que tuvo que pasar al comienzo de la Guerra Civil, aunque, antes, recuerda su experiencia durante el servicio militar. Hemos rescatado también un fragmento de su vida entre la Guerra de Cuba y la Guerra Civil, por la especial referencia que nos hace a una cantinera del Regimiento Tetuán. Se ha respetado escrupulosamente la ortografía original.

Memorias de la persecución de un hombre del pueblo, en la época roja

Antecedentes necesarios.

El dia 2 de Septiembre de 1.936, siguiendo el desarrollo de la tragedia en que se iba desenvolviendo mi vida desde que estalló el Glorioso Movimiento Nacional, y cuyo detalle dejo para el momento oportuno, ingresé en la Prisión Celular de Valencia, con destino a la enfermeria de dicho establecimiento carcelario.

La hidra roja habia mordido mi carne y por un verdadero milagro de la Divina Providencia, se me ofrecia en aquel recinto de sufrimiento la posibilidad de curar mis heridas. Y no solamente era mi cuerpo, la materia, lo que se hallaba necesitado de aquel reposo, de aquella cura, al cabo de tantos dias de terrible aventura, de continua persecución; era mi espiritu también, lo que precisaba de apacible tregua, de descanso y calma.

En la cárcel se atravesaban los inolvidables momentos de peligro en que vivian los reclusos, en los primeros dias de nuestra Santa Cruzada. Cada noche salian muchos compañeros en “libertad” y su dramática despedida era para siempre. Episodios espeluznantes podian relatarse para dar una idea del régimen de terror que imperaba por entonces en todas las prisiones rojas.

Pero era tanto lo que habia sufrido que, a pesar de la inseguridad, de la constante amenaza y el triste ejemplo ajeno, me creí en un remanso de paz, en un refugio inasequible para mis enemigos.

Sólo a los doce dias de permanencia en aquel sitio, experimenté un nuevo sobresalto. Fue el 14 del mismo mes de septiembre. Cansado de mi obligada estancia en el lecho que se me designó, y sobre las tres de la tarde, decidí levantarme para dar un paseo por el jardin anexo a la enfermeria, sin pensar el peligro que ello pudiera significar para mis heridas aun recientes. Con el brazo derecho bien sujeto y en cabestrillo, con intenso dolor en la espalda, intenté reuniendo todas mis fuerzas y voluntad, llevar a cabo mi propósito; pero en el momento preciso en que me dirigía a la salida del jardin, me detuvo el ruido de un disparo al que siguieron, luego, dos o tres más, teniendo la certeza de que se habian hecho dentro de la cárcel. Al instante ví al oficial de guardia en la enfermeria que apresuradamente penetraba en su aposento. Más tarde oí unas voces que decían, gritando:

- La Columna de Hierro está dentro de la Cárcel

Yo, de momento, no supe que hacer, si esconderme o meterme en el sitio que estaba. A menudo se comentaba entre los presos que cualquier dia la citada Columna de Hierro asaltaria la prisión y nos asesinarian a todos. Por unos segundos pensé que esto iba a realizarse ahora. Pero pronto renació mi fé y lo mismo que sentí durante la trágica noche de Faura, donde se me creyó muerto después de dispararme vários tiros “a boca jarro”, como vulgarmente se dice. Creí en éste trance. ¡Dios no quiere que yo muera!. Y en ésta confianza me dispuse a aguardar los acontecimientos.

Pronto pude ver aparecer por la puerta de la enfermeria a un grupo de hombres que pistola en mano se dirigian hacia donde yo estaba . Volví a pensar rápidamente en el punto final de mi vida. Pero ellos sin hacer caso de mi presencia, penetraron en el departamento del oficial, al que sacaron y obligaron a que les guiara a través de las salas.

Aproveché ésta circunstancia para volver a mi cama y al entrar en nuestra habitación aquellos hombres de semblante hosco y amenazador precedidos del oficial, uno de ellos preguntó autoritariamente:

- ¿Vosotros, por qué estais aquí?

A lo que uno de los enfermos, con acento andalúz, respondió que eran las mujeres la causa de nuestra estancia en tal sitio. Esto incomprensiblemente, le cayó en gracia al “bizarro” miliciano y después de celebrarlo con grandes risas, se alejó seguido de los suyos.

Más tarde me enteré de que ningún preso sufrió daño alguno y que la Columna de Hierro se habia contentado con quemar el fichero y saquear el economato.

Sin ningún incidente más que señalar en aquella etapa, el 30 de Diciembre fuí juzgado por el Comité Ejecutivo Popular, Tribunal Especial de Justicia, el cual, al no hallar, al parecer, causa alguna, digna de castigo, decretó mi libertad.

Y fue luego en las largas horas de reclusión voluntaria, en el escondite a que hube de recurrir para salvar nuevamente mi vida, donde concebí el deseo de dar comienzo estas memorias, relato fiel, sencillo, de la existencia de un hombre de pueblo, que todo lo debe al trabajo, constituyendo su único crimen el haber sido siempre honrado, católico, como aprendió a serlo de las enseñanzas y ejemplo de sus padres, labradores de la Plana, oro viejo de una época pasada, aróma sublime, en su humildad, que aun perfuma lo mas dulce y santo de mi recuerdo.

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Memorias

El lugar de mi nacimiento, en 1876, fue en Almazora, pueblo próspero, situado entre naranjales, a pocos kilómetros de Castellón de la Plana. Mis padres, Jaime y Maria, eran labradores honrados y pobres, sólo atentos, el uno a ganar el jornal diario, sostén básico de la familia, y la otra al mejor gobierno de la casa, santuario de edificantes ejemplos, de cariños, penas y alegrias, que aun recuerdo con sincera emoción y hasta con hondo fervor de espíritu.

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En el 1.894 me cupo en suerte ser soldado y a causa de èsto, como era costumbre en aquellos tiempos, en compañía de algunos amigos decidimos celebrarlo libando más de la cuenta, por lo que tuvimos un serio disgusto al entablar una reyerta que nos llevó a visitar la Cárcel de Castellón, lugar donde medité con serenidad las inconveniencias de no administrar comedidamente el entusiasmo juvenil por el placer que nos brinda el culto a Baco.

Cinco días después de éstos acontecimientos y tras grandes trapisondas, volví a Almazora decidido a guardar buena memoria de la corrección que me habia sido aplicada junto a mis compañeros.

En el 1.895 me incorporé al Batallón de Cazadores de Figueras, Nº 6 de guarnición en Manresa. A los tres meses de mi incorporación me fueron conferidos los galones de cabo. Este ascenso, asi como la circunstancia de ser muy estimado por mis superiores, en premio, según ellos, a ser muy estudioso y limpio, me acarreó la envidia de algunos de mis compañeros de graduación, motivándose por ello algunos incidentes.

Uno de tales fue, el que cierto soldado me quitó el tapón del fusil y como no me lo quiso devolver, tuve que dar parte al cabo de cuartel. Este nos hizo formar ante él y sin mas explicaciones nos obsequió a cada uno con un magnifico par de bofetadas en las mejillas. Esto no puede olvidárseme nunca.

El dia 25 de Agosto de 1.895, ya empezaba la guerra de Cuba y con el Batallón de Cazadores de Barcelona Nº 3 embarqué para la Habana en el vapor “Montevideo”. La travesia, partiendo del puerto del puerto de Barcelona, costó dieciseis dias, manteniendose el viaje con absoluta normalidad.

El 9 de Septiembre a las dos de la madrugada llegamos a Puerto Rico, causándonos maravilla la vista del puerto que a dicha hora mostraba una fantástica iluminación eléctrica. Imposible describir nuestra alegria al presenciar la multitud de lanchas que repletas de negros y de blancos otras, rodeaban el buque al amanecer. Todos nos saludaban a la vez procurando hacer resaltar la cordialidad de su acogida. Unos minutos más tarde se nos advertía que podiamos escribir a la Peninsula, dándonos para ello dos horas de tiempo. Aproveché pues ésta coyuntura para comunicar a mis padres mi salida de España, ya que por no ser partidario de alarmarles, no quise poner en su conocimiento la triste nueva de mi partida para la guerra.

Mi sentimiento en tal ocasión, debo confesar, que eran de hondo patriotismo y ésto mitigaba el dolor que pudiera producirnos una separación, tal vez eterna, de los que me dieron el ser.

Empecé pues a escribir mi carta para ellos, en tonos de exaltado amor a la Patria y en párrafos también repletos de amor filial, les manifestaba que su recuerdo querido habia de acompañarme siempre. También encomendaba a mis hermanos que respetasen y cuidaran a nuestros padres con todo el cariño que ellos se merecian, dando fin a la misiva con el deseo de una pronta vuelta a los patrios lares y un abrazo muy fuerte para todos.

Vertí lagrimas en aquella carta que a mi me pareció como una reliquia de conmovida ternura que arrancada del corazón de un soldadito español que iba a luchar a tan lejanas tierras en defensa del honor de su Patria, enviaba a los que, con ansia infinita, elevarian sus plegarias en el blanco pueblo natal, hacia Dios, para que le protegiera en las batallas.

El dia 12 de Septiembre arribamos a la Habana. La capital nos recibió engalanada y al desfilar por sus calles, rompiendo las filas de vigilancia, grupos de señoritas nos ofrecian cigarros con cintas de los colores nacionales, soltándose asi mismo desde los balcones bandadas de palomas. Mas tarde fuimos alojados en el Castillo del Principe y por la noche paseamos por las calles de la ciudad, siendo invitados a entrar en un teatro, donde por cierto se representaba “La Verbena de la Paloma”.

Al dia siguiente salimos en tren con dirección a Jaguaramas, pueblo situado en la provincia de Santa Clara, zona destinada para nuestras operaciones. Desde nuestra llegada a la citada localidad, hube de sostener, dentro de mi natural respetuoso y comedido para con mis jefes, una constante y violenta divergencia con el Capitán de la tercera Compañía, a la que yo formaba parte. Sólo la mediación de la señora del oficial a que me refiero, pudo poner bondadosamente, punto final a la absurda rivalidad nacida entre nosotros y cuyo detalle, prolijo y molesto, rehuso poner de manifiesto en el desarrollo de éstas Memorias.

Como Comandante General de la Isla actuaba entonces el General Martínez Campos, quien dispuesto que toda la fuerza en vez de operar en junto, prestara sus servicios dividida en destacamentos. Mi capitán obedeciendo ésta orden formó uno de ellos, compuesto por veintiocho soldados y dos cabos; como es natural yo fui de los escogidos, llenándome de regocijo ésta elección, pues era mi deseo demostrar a D. Darío Valiña, que así se llamaba el capitán, que no tenia inconveniente en ser mandado por él y demostrarle mi valor ante el enemigo.

Como acontece en muchas ocasiones, Darío Valiño llegó a estrechar una gran amistad conmigo, causándome admiración y provocando el llegar a quererle su gran valentia.

Recien formado el destacamento, éste fue destinado al ingenio de Juragua en el partido de Cienfuegos, distando la propiedad tres horas del citado pueblo y sin comunicación de ninguna clase. Los hilos de teléfono aparecian cortados y muchos postes en el suelo, pero el capitán ayudado por todos nosotros, logramos reconstruir la línea y comunicar después con el castillo de Jaguar, que se hallaba en la parte opuesta del rio que atraviesa Cienfuegos.

Durante tres meses patrullamos por aquellos contornos y al final de ellos recibimos orden de reincorporarnos al batallón. Pero antes de pasar mas adelante, no puedo menos que relatar algunos de los episodios que tuvieron lugar en aquellos 90 dias, resaltando como merece la extraordinaria bravura del capitán Valiña.

El servicio de patrulla se realizaba por la fuerza a pie, pues sólo el capitán tenia caballo. Esto constituia una gran molestia, ya que de atacarnos grandes partidas de insurrectos, sólo contabamos con poder refugiarnos en un, a modo de fortin construido cerca de Cienfuegos, utilizándo una casita de planta baja, alejada además unos cincuenta metros, del Ingenio, y a la que rodeamos de unos hilos de espino y unos postes. Afortunadamente, en todo el tiempo que permanecimos en aquella comarca, el único enemigo que merodeaba por ella lo componian pandillas de campesinos que, aprovechándose de la situación de la guerra, se dedicaban a cometer algunos robos y saqueos. A éstas gentes les reconocimos suma habilidad, pues jamás pudimos descubrirlos ni apresarlos.

En éstas circunstancias y para dar mayor movilidad a nuestro servicio, decidimos proveernos de caballos. Para ello, salimos a los caminos y a los paisanos que encontrabamos montados a caballo, cuya procedencia no sabian explicar y asi mismo ellos se hallaban desposeidos de documentación que identificara su persona, les era confiscadas sus monturas y de ésta forma nos fué dado el dotar a la compañía de caballos y recorrer en pocas horas vários kilómetros, con provecho de la vigilancia.

En el fuerte quedaban siempre un cabo y doce soldados y el capitán al frente del resto de la guarnición, se dedicaba a recorrer los doce kilómetros de línea telefónica, cuya custodia nos estaba encomendada.

Muchas veces, aunque Darío Valiñas conocia la disposición de sus soldados, se dirigía a ellos en tono de broma preguntándoles cual seria su actitud si de pronto aparecieran los insurrectos, a lo que los muchachos respondian riendo: ¿Qué, que hariamos?. Pues hechar a correr y salvarse el que pueda. Cierto dia, nos dio aviso un paisano que en un bohio, situado en mitad de un monte que se hallaba a tres horas de distancia de nuestro destacamento, se habia refugiado, herido un cabecilla rebelde. Por la noche, sirviendonos de guia el paisano a que nos hemos referido, salimos en dirección al escondite del insurrecto casi toda la guarnición, ya que en el fortín solo quedaron cuatro soldados y un cabo. Nuestra salida fué a las diez de la noche y aproximadamente a las doce, a muy corta distancia del sitio a que nos dirigiamos nos apeamos de los caballos y los atamos al tronco de un arbol en un bosque próximo. El Capitán me hizo quedar para su custodia con cuatro soldados, y él, el resto de la fuerza, juntamente con el paisano, siguieron adelante.

Los que nos quedamos al cuidado de los caballos no nos intimidaba el hallarnos en un sitio desconocido y de noche… pero habia transcurrido un cuarto de hora, cuando percibimos un ruido como de pisadas de alguien que se acercaba con gran precaución a nuestro grupo. Esto infundió algo de temor a los muchachos que quedaban a mi mando, que se apresuraban a hacer huso de sus fusiles, pero aquel puesto habia sido confiado a Jaime Mundina por su valiente Capitán y su ejemplo no podia ser desmentido por los que acataban su mando.

En voz baja les dije: que desaparezca el miedo de vosotros, muchachos. Quietos y que nadie se mueva; yo iré a averiguar lo que sucede.

Arrastrandome con tiento, procuré llegar hasta donde partia el ruido y al cabo de unos segundos no pude reprimir la risa, pues la causa de nuestra alarma no era otra que las pisadas de un caballo al que habian atado largo, alejandose algo de nuestro grupo.

Serian las dos de la madrugada se oyó la contraseña convenida con el Capitán y este seguido del séquito se presentó ante nosotros, manifestando que el cabecilla a que se habia referido el paisano no habia sido hallado.

Vueltos al Batallón, el Teniente-Coronel dio orden de que en vista de que la espesura de los bosques facilitaba la acción de los insurrectos causando numerosas bajas a nuestras fuerzas, se organizara un servicio de exploración compuesto de un Cabo y doce soldados, que habia de ir siempre a vanguardia en las operaciones a realizar. Puso de condición nuestro Jefe que de existir voluntarios para este servicio, suprimiria el sorteo, como era costumbre en estos casos.

Mi Capitán formó la Compañía y dirigiendose directamente a mi, dijo: Mundina, Vd. quiere encargarse voluntariamente de mandar la sección de exploradores.

Contesté afirmativamente, porque era mi interés destacarme con el fin de ascender por meritos de guerra y así eximirme de volver a la tierra como jornalero, cosa que no llegué a conseguir, porque no me acompañó la suerte.

Año y medio desempeñé el cargo de Cabo de exploradores y no puede obtener otro premio que el hallar agua fresca en algun bohio, comer alguna fruta, amen de gozar de un margen mayor de libertad que mis compañeros, por independizarse mi servicio, en algunos casos, de la dirección de mis Superiores.

Nuestra labor obtuvo buenos resultados, pues observando una buena táctica, descubriamos a los emboscados, con los que sosteniamos frecuentes tiroteos que avisaban al resto de la fuerza y acudiendo al lugar del combate con la suficiente preparación.

A pesar de todo, no tardó la ocasión en que, por una falta que yo nunca llegué a comprender, fui destituido del mando de la sección de exploradores. Ello aconteció al efectuar un repliegue a la salida de un bosque y al atravesar una sábana, en cuyo extremo apareció una casucha, a cuya puerta observamos la presencia de un chino. Mis soldados “sedientos” le preguntaron si tenia agua, contestando afirmativamente aquel y facilitandoles la entrada en su vivienda para satisfacer su necesidad, En esto el Comandante que iba al frente del Batallón, al darse cuenta del hecho que dejo relatado, galopó con su caballo hacia nosotros y una vez junto a mí, me preguntó autoritariamente porque habia dejado entrar a los muchachos en aquella casa. Yo le contesté, con toda tranquilidad y sin animo de ofensa, que porque tenian sed, respondiendome él a su vez, que quedaba destituido de mi cargo.

Después de esto, desempeñé varias misiones más; hasta que en el año 1897 fui destinado a servir como cabo de escolta a un tren de pasajeros, manteniendome en el durante siete meses, o sea hasta que el cuerpo de Guardia Civil se hizo cargo de ese servicio.

El 7 de Noviembre de 1.897, yendo de protección en un convoy, al llegar al pueblo de Aguada de Pasajeros, fuimos atacados por las partidas del “Tuerto”, “Mato” y “Valentin Menendez” que mandaban unos cuatrocientos insurrectos.

Por nuestra parte solo eramos los doce soldados que yo mandaba pertenecientes al Batallón de Barcelona Nº 3, y un Teniente y siete soldados del Regimiento de Infanteria de Burgos que estaban de guarnición en dicho pueblo.

Con tan escasos elementos salimos victoriosos, recogiendo al enemigo siete muertos, entre ellos el citado cabecilla Valentín Menendez, que en aquella acción no desmintió su reconocida valentía, atacando al frente de su partida. También matamos veintisiete caballos y nos apoderamos de armamento y de un prisionero del destacamento que guarnecia la población.

La captura de éste prisionero fué uno de los episodios más salientes de mi vida militar en la Isla y ello aconteció de la siguiente manera. Durante el tiroteo, se me presentó un paisano y me dijo:

Cabo, tras ésta casa se ha escondido un insurrecto. Mandé a los soldados cercaran el edificio y quise adelantar sólo hacia el mismo. Al ponerme al descubierto, se me presentó un joven de unos veintidós años, que apuntándome con su rifle me dirigió un serio insulto. Yo le disparé al momento, ocultándome en seguida tras un saliente de la casa, observando después que le habia hecho blanco en una pierna. El herido se retiró nuevamente al interior de la vivienda y cuando, acompañado de los soldados, penetré en aquella, hallé sentado en el suelo a mi hombre con su rifle echado a un lado y empuñando un magnifico machete. Le apunté con mi fusil y le ordené que levantara las manos, obedeciendo inmediatamente y suplicandome que no le matara, que estaba herido y que lo habian engañado sus compañeros. --- Un español, no mata a ningún ser indefenso ---. Contesté ---. Si te hubiera muerto en lucha no lo hubiera sentido, pero ahora eres para mi sagrado.

Di orden a mis soldados que se le respetara y luego, como queda dicho, lo entregué al Teniente Jefe de las fuerzas de Aguada de Pasajeros.

Nuestras bajas en aquel combate fueron: el alcalde del pueblo, un cabo de voluntarios, y cuatro paisanos heridos, siendo incendiadas por los insurrectos cincuenta y siete casas.

Por mi comportamiento en ésta acción, alcancé dos cruces del Mérito Militar con distintivo rojo y los galones de Sargento.

Pero todo en la guerra no son penalidades. En el tiempo en que actué como cabo de escolta, todos los días saliamos a las cinco de mañana de Yaguaramas para llegar a las ocho a la estación de Amarillas, en la que subía al tren fuerza de la Guardia Civil, que me reemplazaba en mis funciones yendo yo a reforzar con mis soldados el puesto de la Benemérita, en el que solo quedaba un guardia. Hacia las cinco de la tarde, descendía el tren y entonces emprendia el regreso con mi pequeño desstacamento a Jaguaramas.

Un dia en que quedó de puesto un guardia que resultó ser de Castellón de la Plana, y por lo tanto paisano mio, entablamos estrecha amistad, dedicando un sentido recuerdo a nuestra tierra lejana.

El guardia y yo volvimos a encontrarnos en otras ocasiones y cierta tarde me habló de una muchacha, residente en un bohío próximo y de la que me elogió con exaltación su bondad y hermosura. Inspirado por la curiosidad le rogué que me presentara a la referida joven y en uno de mis viajes a Amarillas me fue dado conocer a Elvira Pérez Alvarez, rubia de cabellos, blanca y fina de piel y con el encanto meloso de una conversación deliciosa y atrayente.

Como es de suponer, quedé prendado de la muchacha, que nos sirvió con toda amabilidad una taza de café con leche al estilo español y nos ofreció tabaco.

Cuando acompañado de mi amigo abandoné el bohío, no pude menos que confesarle mi enamoramiento por Elvira y mi deseo de relaciones amorosas con ella. Si también yo era de su agrado.

A los pocos días puse en practica mis proyectos y pedí relaciones a la gentilísima Elvira, la cual me aceptó, a mi parecer, con absoluta complacencia.

El tiempo que duraron nuestras relaciones, fue para mi de lo mas venturoso y su recuerdo aun produce en mi corazón cierta nostalgia. Bajo su dirección parecia otro hombre. Pues llegó a elegantizarme y adquirí la costumbre de presentarme siempre vestido impecable y con una limpieza sin mácula en mi traje de rayadillo, al que hacia juego un típico sombrero de jipi, camisa blanca con botonadura de oro, corbata azul, … sólo la continuación de la guerra y el traslado de mi Batallón, obligado por el curso de las operaciones, logró separarme de aquella magnífica chiquilla, que era flor nacida en el solar de la Patria y trasplantada como bello homenaje de la predilección de España al último y rico florón del Imperio que no conoció en siglos la puesta del sol y que ahora se desmoronaba entre sangre y feroz lucha, aunque con presagio de glorioso resurgir.




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