Los desertores franceses de las Brigadas Internacionales


Carlos Engel


La bibliografía que canta las glorias de las Brigadas Internacionales es amplia. Sólo Andreu Castells cita en su índice bibliográfico 619 libros, revistas, artículos, folletos y películas dedicados a los hechos gloriosos y heroicos de las Brigadas. En cambio sus desventuras apenas han merecido algunas pocas líneas. Sobre los desertores – y en especial sobre los franceses, que estuvieron a punto de crear un serio conflicto entre las Repúblicas española y francesa - ha caído un espeso silencio.

El embajador de Francia en Madrid, Herbette, a la sazón refugiado en la costa vasco-francesa, dirigió el 4 de marzo de 1937 una carta a su ministro de Asuntos Exteriores, Delbos, en la que se lamentaba de unas declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores belga, Spaak, sobre una pretendida unanimidad en apoyar al Gobierno de Valencia por parte de las “masas” europeas. Herbette vierte agua en el vino de Spaak y aduce el desencanto de muchos voluntarios de las Brigadas Internacionales, que deseaban ser repatriados. Las dificultades que encontraron estos “voluntarios involuntarios” eran enormes, pues Largo Caballero había dado instrucciones al director general de Seguridad “de impedir por todos los medios, utilizando incluso la Policía y los Guardias de Asalto” la repatriación de voluntarios, alegando que la prohibición de entrada de nuevos brigadistas por parte del Comité de No-Intervención, ponía en peligro la continuidad de las Brigadas Internacionales. A niveles inferiores las cosas parecían ir peor y Herbette se hace eco de los rumores, según los cuales habían tenido lugar ya fusilamientos de voluntarios franceses en Valencia. En un caso el cónsul de Francia, Marcassin, había logrado evitar el fusilamiento de un francés que había intentado desertar saltando el muro del cuartel. ¡Y si ello ya era grave, aún era peor que quien dio la orden era un alemán!

Herbette cita también que 24 desertores habían llegado el 3 de febrero a la estación de Lyon de la capital francesa gracias a la valiente actitud del cónsul francés en Valencia. Pero esa cifra era la punta del iceberg y convenía recabar del Gobierno español el permiso para que todos los voluntarios que lo desearan pudieran abandonar España.

El alojamiento de los desertores

En una nueva carta de Herbette a Delbos se insiste en la problemática creada por los desertores. Su número iba en aumento día a día, aunque todavía moviéndose en el orden de las decenas, pero según el Encargado de Negocios francés en Valencia había que contar con la posibilidad de que “los elementos franceses de las Brigadas Internacionales podían sublevarse y abrirse paso por la fuerza de las armas hacia Valencia y Alicante”, en cuyo caso las decenas podían convertirse en millares.

El alojamiento preparado para los desertores en el Liceo francés de Valencia resultaba ya insuficiente para acogerlos y era necesario establecer un plan para alojar los presentados previsibles. Era necesario ampliar el ámbito de soberanía de la Embajada a otros edificios y Herbette era partidario de instalar campamentos de acogida en localidades de la provincia de Alicante, que gozasen de un clima benigno, como Altea, Benidorm, Villajoyosa, etc. Ante todo, estos lugares de concentración debían situarse en las inmediaciones de puertos, pues no cabía otro medio de evacuación que por vía marítima. Las distancias hasta los puertos debían ser mínimas, para que en el caso que el Gobierno de Valencia cambiase súbitamente de actitud, el embarque pudiera realizarse inmediatamente. También era necesario prever las medidas de atención a los desertores heridos o enfermos.

Paralelamente era necesario considerar medidas para atender, primero, y procurar repatriar, después, a los prisioneros y desertores que cayesen en manos del ejército de Franco.

Las gestiones diplomáticas

Barbier, encargado de Negocios en Valencia, informa el 19 de marzo a su ministro de Asuntos Exteriores de la actitud abusiva del Ministerio de Estado español y de las gestiones del agregado militar, teniente coronel Morel, ante las autoridades militares republicanas.

Morel se entrevistó el día 12 con el subsecretario del Ministerio de la Guerra, Baraibar, al que expuso el problema de los desertores y la necesidad de su repatriación. Baraibar se mostró sensible a los argumentos presentados y prometió plantear la cuestión al ministro al día siguiente. El día 15 Morel se presentó de nuevo en el Ministerio, donde fue recibido por el coronel Cerón, quien le manifestó ignorar la decisión tomada y su intención de hablar de ello con el subsecretario.

El día 16 Morel llama telefónicamente a Cerón, quien le comunica que se ha decidido plantear la cuestión ante el Ministerio de Estado.

El día 17 Morel se personó nuevamente en el Ministerio de la Guerra, donde tuvo la impresión de que no se había hecho nada. Decidió entonces visitar al señor Ureña del Ministerio de Estado, quien le dijo que la decisión estaba en manos del Ministerio de la Guerra y si éste no se oponía, el de Estado daría luz verde para la repatriación. Nueva entrevista con el coronel Cerón que prometió hacer la gestión ante el subsecretario y el ministro. Dos horas más tarde Cerón asegura el espíritu favorable de su departamento, pero que concerniendo el asunto a dos departamentos, la decisión debería tomarse en Consejo de Ministros.

La impresión del teniente coronel Morel es que existe una real desconexión entre ambos ministerios, pero también una manifiesta falta de voluntad para solucionar el problema, por cuanto el ministro de Estado, Álvarez del Vayo, acudía diariamente, en su calidad de comisario general de Guerra, al Ministerio de la Guerra.

El día 25 de marzo Barbier vuelve a informar sobre la situación a su ministro. El día anterior se habían presentado en el consulado 35 desertores más, con lo cual ya eran más de doscientos los refugiados en el Liceo francés. Entre ellos el clima que se respiraba llegaba a la exasperación y habían manifestado su intención de embarcarse por la fuerza en el barco francés que regularmente recalaba en el puerto de Valencia. El agregado militar tuvo que disuadir de la ejecución de un proyecto así, condenado al fracaso, pero ignoraba hasta cuánto podía durar el apaciguamiento logrado.

Herbette por su parte comunica ese mismo día, que el 24 de febrero habían llegado a París una centena de repatriados. Se trataba por lo tanto de una expedición anterior a la negativa cerrada del Gobierno español a la evacuación. Han desertado hasta el 25 de marzo ya más de trescientos franceses, pero Herbette expresa su opinión que son millares los que desean abandonar España, insistiendo en la necesidad de arbitrar medidas urgentes para al menos la repatriación de los menores de 21 años, de los heridos y de los enfermos, ya que no es previsible una retirada general de los voluntarios de ambos bandos como preconizaba el Comité de No-Intervención.

Dos días más tarde Barbier se hace eco, en carta a su ministro, de unas declaraciones privadas de Álvarez del Vayo a un ministro de la colonia francesa en Valencia sobre el tema de la repatriación. Las autoridades españolas contaban, según él, con la oposición de ciertos medios políticos franceses al regreso de los desertores, por cuanto podía ser muy poco útil a la propaganda revolucionaria. Se trataba, evidentemente, del Partido Comunista francés y sus sindicatos, y arrojaba luz sobre las susceptibilidades y pasiones que determinaban la postura del Gobierno español.

El conflicto se agudiza

El mismo día el cónsul francés en Valencia reporta al encargado de Negocios de algunos incidentes surgidos en el puerto por brigadistas franceses que querían embarcar por la fuerza en el “Suffren”.

El comandante del crucero recibe instrucciones de no dejar acercarse a nadie a las chalupas cuando los desertores sean perseguidos por las milicias. Si bien el incidente fue resuelto felizmente, el cónsul señalaba la posibilidad que en el futuro las circunstancias podían ser otras, llegando incluso al derramamiento de sangre, debido a la crispación creciente que se observaba entre los asilados del Liceo. A ello había que sumar el intento de asalto del Liceo francés por parte de las milicias e incluso la amenaza bajo las pistolas del personal del Consulado. La cerrada negativa del Gobierno republicano al embarque de los asilados se hacía bajo la acusación que entre los desertores figuraban soldados españoles.

El encargado de Negocios hacía saber al Ministerio de Asuntos Exteriores la necesidad de medidas más firmes que el simple intercambio de notas, aprovechando que el Gobierno español no estaba en situación de romper sus relaciones con Francia. Hacía especial hincapié que la dignidad de Francia no podía tolerar por más tiempo los incidentes que se venían sucediendo y que atentaban contra su soberanía. Por otra parte el encargado de Negocios no podía amenazar con la retirada de la representación diplomática porque los intereses de Francia en la España republicana quedarían sin la protección debida. Todo esto llevaba sus gestiones a un callejón sin salida, reduciendo los embarques de desertores a situaciones provisionales y circunstanciales.

Una nota de Álvarez del Vayo del mismo día, acusando a las autoridades consulares francesas de favorecer la deserción de sus compatriotas y amenazando con tomar medidas, alarma en extremo a Barbier, quien al día siguiente se dirige de nuevo a su ministro. Según Barbier hay que contar con la posibilidad inmediata que el Ministerio de la Guerra se apodere manu militari de los más de doscientos refugiados en el Liceo francés. El agregado militar y su adjunto están dispuesto a hacer cara, vestidos de uniforme, a los guardias encargados de la operación y los propios voluntarios habían expresado su resolución a no dejarse arrestar sin resistencia, lo que hacía prever, de nuevo, incidentes sangrientos.

Cree Barbier que los acontecimientos exigen una acción contundente que convenza a las autoridades españolas de la seriedad de la reclamación francesa. Grande tenía que ser la alarma de Barbier cuando sugiere incluso la intervención de la flota francesa que a la vez debía tomar las medidas necesarias para el embarque por la fuerza de los refugiados.

Ante todas estas presiones el ministro de Asuntos Exterior francés, Delbos, se decide a redactar una nota entregada al embajador de España en París, que dice textualmente:

El Gobierno de la República ha sido informado por nuestro encargado de Negocios en Valencia de una agresión de milicianos españoles que han dirigido contra los voluntarios franceses refugiados en espera de su repatriación en un edificio que debe ser considerado en estos momentos como constituyente de un anexo de la embajada y del consulado.

El Gobierno de la República ha sido informado por otra parte de la protesta inmediata elevada contra este atentado por nuestro representante, sin que se haya recibido respuesta satisfactoria alguna, sino que por el contrario el Gobierno español parece tener la intención, según ha sugerido el ministro de Estado, sin que el Gobierno francés haya dado su asentimiento, de transferir inmediatamente los voluntarios franceses en cuestión a un campo de concentración.

Por otra parte un empleado del consulado de Francia que en cumplimiento de su deber ha intervenido para proteger a un voluntario de la agresión referida, ha sido molestado, arrestado y detenido durante muchas horas.

El Gobierno francés ha hecho saber en múltiples intervenciones ante el Gobierno español su punto de vista en lo que concierne a los refugiados franceses que han entrado al servicio de España después de iniciada la guerra civil, punto de vista que considera que estos refugiados que libremente habían ofrecido sus servicios al Gobierno español, deben poder optar con la misma libertad a su regreso a Francia.

Dentro de un espíritu de conciliación y para sostener los sentimientos amigables, el Gobierno de la República deberá promulgar las disposiciones necesarias para que en el futuro todos los refugiados que se hallen en esta situación y deseen regresar a Francia, lo pueden hacer, sin que el Gobierno español pueda aducir que las informaciones sobre las operaciones militares en curso puedan ser divulgadas en perjuicio de la seguridad de las fuerzas armadas españolas. El Gobierno español no puede hacer valer esta argumentación para impedir el embarque de los voluntarios, que desde hace tiempo se hallan refugiados bajo la protección de los consulados franceses y aún menos se pueden admitir que estos voluntarios sean internados en un campo de concentración.

El Gobierno español no puede ignorar que la repetición de hechos como los aquí descritos y contra el encargado de Negocios de Francia y que han conducido a una protesta del Gobierno francés, reafirmada por la nota presente, y que toda tentativa de obligar a los voluntarios franceses a abandonar en Valencia los locales en los que se hallan acogidos, deberá ser considerado como un acto inamistoso que puede tener serias consecuencias para las relaciones entre Francia y España.

Estoy convencido que el Gobierno español está imbuido del mismo espíritu de mantener las buenas relaciones que existen actualmente entre los dos países y por lo tanto el Gobierno francés expresa su confianza que estos incidentes no volverán a reproducirse y que se darán las órdenes necesarias para que el embarque de los voluntarios franceses, actualmente bajo la protección del cónsul de Francia en Valencia, pueda tener lugar sin demora”

Por su parte el embajador Herbette en nota dirigida a su ministro hacía resaltar que las dificultades que el gobierno de Valencia ponía a la repatriación de los voluntarios franceses estaban en franca contraposición con el beneplácito de las autoridades francesas a las medidas encaminadas a la evacuación de Bilbao, a instancias del gobierno vasco. Por lo tanto se podía exigir que los franceses retenidos en Valencia pudieran embarcarse con el permiso de las autoridades republicanas, de la misma forma que el Gobierno francés accedía a que los evacuados de Bilbao pudieran dirigirse a un puesto francés. Se trataba pues de negociar la salida de los brigadistas franceses a cambio de las buenas disposiciones de Francia a acoger a los evacuados vascos.

El desenlace

Después de la nota de Delbos la correspondencia entre las misiones diplomáticas francesas en España y el ministro de Asuntos Exteriores no vuelve a hacer mención a los refugiados en Valencia. Cabe, por lo tanto, suponer que el Gobierno republicano se avino a las presiones francesas y permitió embarcar a los brigadistas desertores. Por otra parte en aquellos momentos se empezaba a negociar intensamente entre los dos bandos beligerantes y el Comité de No-Intervención la retirada total o parcial de los voluntarios extranjeros. El Gobierno republicano mostró desde el primer momento su conformidad a esta retirada, si se realizaba en ambos bandos, y mal podía negarse a la repatriación de los que querían hacerlo por propia voluntad.

Publicado en el número 276 de HISTORIA Y VIDA