La Columna Casas Sala. Castelló en la Puebla de Valverde

Guillermo Casañ

Invitaba Ignacio Sirera, que está dirigiendo un documental sobre una columna, castellonense en su mayoría, que pretendió recuperar Teruel para la República a la semana de iniciarse la guerra. La cita era en el Casino Antiguo. Asistían como familiares de componentes de la columna Pepe Vicent, Miquel Osset y el director de la obra. Como estudiosos del tema estábamos José Aparici, Javier Campos, Juan Porcar, Valentín Solano y el que escribe. En una sala del restaurante, nos esperaban dos operadores con cámaras y una mesa perfectamente dispuesta. Comenzamos pidiendo un fino y poco a poco fuimos contando nuestra visión de la guerra. Como resulta difícil sintetizar lo que mis compañeros dijeron, contaré mis impresiones.


Fosa común donde están enterrados los muertos en combate del 29 de julio y los milicianos fusilados al día siguiente. Cementerio de La Puebla de Valverde (Teruel)

Como sabrán, una buena conversación no sigue un orden fijo, y los temas surgen igual que desaparecen. Uno de nosotros recordó el homenaje a las Brigadas Internacionales celebrado en Benicàssim, donde hubo un hospital de estas unidades, y comentamos que ese fue el primer acto masivo en honor a los soldados republicanos, pues se celebró en varias ciudades al mismo tiempo. Hablamos de como el Dr. Juan Bellido, que se había significado notablemente a favor de la República, sufrió una dura represión. Uno de los comensales preguntó si otros médicos se aprovecharon de estas vacantes forzosas, y uno de nosotros dijo que no, contando a continuación la historia de Luis Senís, doctor de nuestra ciudad que formaba parte de la columna objeto del documental. Aclaremos antes que ésta se componía de Guardia Civil, y milicianos del Frente Popular; y que los primeros se sublevaron en La Puebla de Valverde (Teruel) para unirse a las fuerzas que habían venido a combatir. Volviendo al Dr. Senís, que fue hecho prisionero por los guardias que se sublevaron, no sólo pagó con cárcel y condena a no ejercer en la sanidad pública, sino que al volver a Castellón y querer entrar en el Casino Antiguo le prohibieron la entrada. Otro de nosotros, en cambio, expuso un caso de denuncias falsas que las autoridades militares franquistas reprendieron severamente. Un tercero contó lo sucedido al Dr. Juan Peset, diputado y rector de la Universidad de Valencia: fue juzgado, pero no quedando la Falange satisfecha, le volvieron a denunciar, condenándole esta vez a la pena capital.


Valentín Solano, José Aparici, Javier Campos, Guillermo Casañ, Juan Porcar, Ignacio Sirera, Pepe Vicent, Miquel Osset. Casino Antiguo de Castelló

La conversación se interrumpía cuando el maître,ceremonioso,describía el plato y vino a degustar. El entrante tenía un sabor fuerte, el pescado meloso y el vino blanco en su punto. Me hubiese gustado disfrutarlo como merecía, pero creo que todos estábamos muy pendientes de la conversación. Flotaba en el ambiente por qué la Guardia Civil se había sublevado y si la sublevación había sido espontánea o planificada. Hablamos que su naturaleza militar la empujaba hacia el bando rebelde. Sin embargo, sus fuerzas se repartieron casi por igual entre ambos bandos al principio de la guerra, inclinándose la balanza un poco más tarde a favor de Franco. En cuanto a la espontaneidad o planificación de la sublevación de los guardias, es reveladora la conversación entre el sargento Fernando Broch y el teniente José Bernard. Al anunciar este último a los allí presentes la misión de reducir Teruel para el Gobierno, el sargento castellonense respondió que no pensaba disparar un tiro contra sus compañeros de Cuerpo ni contra el Ejército apostado allí, a lo que el oficial respondió que los demás tampoco, al tiempo que cruzaba su dedo sobre los labios, recomendando discreción. Es seguro que una parte de la Guardia Civil pretendía rebelarse, y que estaban esperando a que las circunstancias les fueran propicias.


Francisco Casas Sala, diputado de Izquierda Republicana por Castelló en 1936

La organizadora oficial de la columna era la Junta Delegada del Gobierno en Valencia, organismo presidido por Diego Martínez Barrio (Unión Republicana). Un representante de la misma, Leonardo Martín (Izquierda Republicana), acudió a Castellón para reunirse con los diputados Francisco Gómez-Hidalgo (Unión Republicana), Juan Sapiña (PSOE), el teniente coronel Primitivo Peire y el Gobernador Fernando Muñoz (Izquierda Republicana). Gómez-Hidalgo se encargaría de la organización de la columna en Castellón, y Teodoro Albelda (PCE) de las inscripciones. Francisco Casas Sala, diputado de I.R. por la provincia, llegaría al día siguiente y se convertiría en su jefe político. La columna no  tenía nombre pero se conocería como Casas Sala. Como este diputado venía de Barcelona acompañado de varios milicianos, comentamos si éstos actuarían de enlaces con las columnas catalanas que por esas fechas también partían hacia Aragón. Pero la documentación no muestra que hubiera contactos con la columna que desde Tarragona partía hacia el Bajo Aragón, ni con la pequeña formación que desde Guadalajara atacaba Teruel. No era un caso aislado, las fuerzas gubernamentales adolecían de falta de coordinación, especialmente al principio de la guerra.


Luis Sirera Tío, capitán de Artillería retirado, jefe de militar de los Milicianos de Castelló

El maître apareció de nuevo y guardamos silencio. Nos anunció el próximo plato: pato enlaminado de crêpe,y un tinto chileno. Ambos deliciosos, especialmente el vino que ofrecía unos aromas tan sugerentes que fue el único instante que me ausenté de la conversación. Surgía ahora un tema importante: la Junta Delegada del Gobierno optó por incluir en la columna un contingente importante de Guardia Civil en contra de la opinión del Comité Ejecutivo Popular de Valencia que pretendía lo contrario. Las razones de la Junta se debían a que la Guardia Civil mantenía su estructura y que sus componentes, a diferencia de los milicianos, estaban adiestrados y disciplinados. Y una razón más: aunque Teruel estaba escasamente defendida por unos pocos militares y un par de compañías de la Guardia Civil, la columna no estaba dotada de armamento necesario ni de un número de hombres suficiente para conquistar la ciudad con seguridad. Lo que pretendía la Junta era tomar Teruel pacíficamente. Creyó - por los informes que había recibido- que junto a esta presión externa, los defensores de Teruel se rendirían influidos también por la presión interna. Dentro de este plan, la Guardia Civil era idónea, pues los militares aceptarían entregarse a la Guardia Civil pero nunca a los milicianos. De hecho, el Jefe Militar de la columna, el coronel de Carabineros Hilario Fernández, había hecho planes para llevar a los prisioneros a un lugar seguro.


Joaquín Osset Merle, teniente de Infantería retirado

Tras hacer noche en Sagunto y luego en Segorbe, la columna entró en Barracas. Por la tarde una compañía de la Guardia Civil ocupó Sarrión, pernoctando allí. Era el primer pueblo que conquistaban a los rebeldes. La noticia fue recibida con vítores por parte de los milicianos, no tanto por los guardias. Había “un no sé qué”, cuenta Rodríguez de Murviedro, administrador de la Columna, que algo se tramaba. Los guardias, cuenta Marí Clérigues, teniente de la Guardia Civil, también desconfiaban de los milicianos. Ese día, la plana mayor de la Guardia Civil y la de la milicia compartieron mesa y mantel. Rodríguez cuenta que allí Casas Sala solicitó caballerosidad, y un capitán de la Guardia Civil respondió con palabras premiosas y promesas basadas en su honor. Al día siguiente se juntaron todas las fuerzas en la Venta del Aire y volvieron a separarse: la Guardia Civil, con el pequeño grupo de milicianos de Sagunto, marchó a La Puebla de Valverde; y el grupo de milicianos de Castellón, el más numeroso, a Mora de Rubielos. Al igual que en los municipios anteriores, las fuerzas entraron en dichos pueblos sin derramamiento de sangre. Era el 29 de julio.


Luis Hernández Blasco, capitán de la Guardia Civil

Ya estábamos en el postre, también acompañado de un vinito dulce. Nos habíamos olvidado que nos grababan, sólo la aproximación del cámara móvil nos lo recordaba. En La Puebla, se buscaron a los simpatizantes de los rebeldes, se entró en varias casas en busca de armas y se incendió la iglesia. Era a poca tarde, como dicen en la comarca, se acababa de incorporar la sección de la Guardia Civil que había quedado en Segorbe. El Jefe Militar, según su declaración, se encontraba en la casa del médico con dolores en la boca y allí había tomado sopa como único alimento. Después de la sobremesa oyó unos disparos. Un grupo de milicianos había tratado de entrar en la casa del guarda forestal que se encontraba en la zona dónde había acampado la Guardia Civil El capitán de dicho Instituto, José Martínez, cuenta que su comandante, Francisco Ríos, exhortó a los milicianos a que no procedieran así, y que al encañonarle éstos, y producirse una agresión, el citado capitán dio la voz de fuego, entablándose un tiroteo. La Guardia Civil se hizo dueña del pueblo causando una treintena de milicianos muertos. El Jefe Militar estaba preso en un camión. La Guardia Civil le había detenido al dirigirse por un camino lateral del pueblo hacia donde acampaban.

Más tarde llegó Casas Sala procedente de Mora. Según el capitán Martínez, apareció cuando sólo quedaban dos camionetas y él mismo. Según Casas Sala, en cambio, los sanitarios allí presentes le pidieron que solicitara el alto el fuego, solicitud que transmitió al capitán citado, pidiéndole luego que le dijera dónde estaba el coronel Fernández, adentrándose seguidamente por el pueblo para buscarle, acabando detenido. Con Casas Sala había llegado el capitán de Artillería Luis Sirera, que  se encontraba a pocos metros, apeado de su coche, a la cabeza de los milicianos de Castellón, pero también fue detenido. El oficial de la Guardia Civil citado reconoció que entregó a Casas Sala en Teruel para parlamentar. También entregaron allí a una cuarentena de prisioneros. Sin embargo, las autoridades militares de Teruel desconfiaron de los guardias sublevados y fueron desarmados, pero al día siguiente juraron bandera.

Mientras tomábamos café, el director del documental quiso que habláramos sobre la memoria histórica. Las opiniones no distaban mucho unas de otras, sino que cada una enfatizaba más un aspecto. Para uno de los comensales, hemos de estudiar la guerra civil con distancia, como si fueran las guerras carlistas. Otro apuntó que la discusión sobre ella se debe llevar al ámbito de los historiadores; un tercero añadió que no hay que centrar la discusión en las muertes de un bando solamente. Por mi parte opiné que los historiadores debemos limpiar de incorrecciones el legado recibido y aumentarlo con investigaciones científicas; el siguiente matizó que no sólo se ha de avanzar de esa manera, sino que también reflejando el lado emocional de la guerra. Finalmente, otro de los comensales habló de su relación con el presente, pues había estado buscando los restos de su abuelo, el teniente de Infantería Joaquín Oset, para enterrarlo debidamente tal y como quería su familia. Con permiso judicial consiguió que se realizaran exhumaciones en el cementerio de Teruel, pero no encontró sus restos… Los muertos de aquel combate y prisioneros de la columna fusilados en La Puebla yacen en una fosa común del municipio, sin inscripción alguna. A aquellos castellonenses, valencianos y turolenses, nada les recuerda salvo una rosa roja que alguien deposita allí cada año.

La comida había acabado pero el documental debía continuar. El equipo de grabación se trasladaba a la Plaza de Toros en donde iban a entrevistar a Pepe Vicent, pues presenció la salida de la columna hacia Sagunto. Era el 25 de julio de 1936. Los milicianos partían con entusiasmo; los guardias civiles, desde el Cuartel de San Francisco, más bien con preocupación… La quema de dos iglesias de la capital el día anterior, el asesinato del cura de Ayódar el día que partía la columna, la quema de la iglesia de La Puebla el 29, la treintena de milicianos muertos en combate por los guardias civiles que habían sido sus compañeros de viaje, la cuarentena de prisioneros fusilados, sin juicio previo, al día siguiente en La Puebla por los rebeldes; el suicidio del comandante de la Guardia Civil de la columna Francisco Ríos en Teruel el mismo día; la ejecución en el cementerio de la ciudad el 1 de agosto, tras juicio sumarísimo, del coronel que había obedecido al Gobierno, y del diputado que había acudido a La Puebla a parlamentar… Todos estos hechos anunciaban un principio de la guerra cruento y sin piedad. Tras varias horas de intercambio de opiniones, sólo nos quedaba agradecer a Nacho la invitación y despedirnos de los comensales. Afortunadamente ahora estamos en otros tiempos, habíamos podido compartir mesa y mantel, y mantener una conversación en paz.