UNA BUENA SEÑAL HORARIA


Antonio Rodrigo Valls


Al final de la calle Real, cuando ésta confluye en una rotonda con la de la Marina, existe un cuartel, ahora de artillería, que durante muchos años fue el Cuartel de las Heras, ocupado por el Cuerpo de Ingenieros. Allí como soldado de Transmisiones, hice mi “mili” más bien cómoda, escuchando no lejos de allí, a los “pipis”que se pasaban el día haciendo la instrucción: uno, dos. Uno, dos. Uno, dos... en el amplio patio del Regimiento de Infantería número 54, llamado también el “Fijo”, por no haberse movido nunca de Ceuta.

Desde aquella posición, se abarcaba una buena porción del puerto: a lo lejos el puerto comercial y la estación marítima en donde, dos veces al día, se posaba “la paloma”, el transbordador de Algeciras que era, al fin y al cabo, el vehículo que habíamos de abordar al final del período de vida militar. En la parte más cercana, el muelle carbonero en donde casi siempre había dos o tres “Liberty” que los americanos habían construido como churros cuando los submarinos alemanes, durante la segunda guerra mundial, se dedicaban a la caza y hundimiento de cuanto barco apareciese ante su vista.

Pues bien, desde la rotonda que cito, salía la carretera que circunvalaba todo el Monte Hacho, pasando por lugares deliciosos como los acantilados de la parte más externa del monte, con su Parador de San Antonio y el parque de San Amaro. Solía yo subir (rozando aposta las hierbas montaraces y olorosas para que regalasen sus aromas mientras recordaba las de mi lejano Desierto de las Palmas) a la batería K-3 de artillería de Costa y que compartía la cumbre del Monte con el Penal Militar. El hecho de subir tan alto por asuntos y razones administrativas de mi Agrupación de Transmisiones con la Batería me hacía pasar un buen rato con los muchachos del puesto, que me invitaban y hasta me enseñaron en una ocasión, las interioridades de la batería, con sus cientos de metros de corredores, cables eléctricos y aquel artilugio óptico que me hacía ver el Gibraltar, no tan lejano, al revés.

La ciudad desde arriba, a vista casi de pájaro. Cobraba una nueva dimensión y se podía apreciar la belleza de su casco urbano rodeado de agua, con el inmenso estrecho a la derecha y las poblaciones blancas que situadas a la orilla del mediterráneo pero ya en tierra marroquí, iban perdiéndose de vista entre la bruma. Yo diría que, desde arriba del monte Hacho hasta podían percibirse las conversaciones de los ceutíes, el tráfago callejero y los frenazos de las guaguas.

Había sido Ceuta penal hasta 1.912, en que se manumitió de tal esclavitud para pasar a ser población normal y corriente, andaluza por los cuatro costados aun con el estrecho de por medio. Y conservaba costumbres antiguas como la del saludo de los soldados a su paso por el puente del Cristo o el escuchar a las doce del mediodía y a las seis de la tarde sendos cañonazos, disparados desde el Hacho y que situaba a todos en la hora exacta del día. Los cañonazos quedaban como reliquia de los que se disparaban como inicio y final de la jornada en el superpoblado penal.

Una de tantas veces que subí a la K-3, la batería de mis amigos, uno de ellos, me preguntó si quería acompañarle al disparo de la salva que señalaba el mediodía. Le contesté que estaba encantado puesto que lo de los cañonazos me había impresionado desde el día de mi llegada. Cargado de la salva mi amigo, caminamos a lo largo de aquella impresionante meseta que formaba el patio interior del antiguo castillo y llegamos hasta la misma muralla, ni alta ni baja pero lo suficientemente fuerte como para no hacer mella en mi habitual vértigo.

Un cañoncete (a mi me pareció pequeño) con sus ruedas y todos sus elementos externos relucientes, nos esperaba. Mi amigo parsimoniosamente, abrió la boca del aparato aquel, introdujo la salva, cerró de nuevo la boca y arrollando tres palmos de cuerda me preguntó:

--¿Qué hora es?

Yo no sabía que decir. Solo se me ocurrió preguntarle a mi vez:

--¿No llevas reloj?

--No.

Yo llevaba un antiguo reloj que me dio mi madre y de cuya exactitud siempre había tenido dudas.

--Según mi reloj - le dije - falta un minuto.

--Estupendo. Coge la cuerda y dale un tirón seco y fuerte.

Así lo hice y sonó una descarga que debieron oír todos los habitantes de Ceuta.

A partir de ese momento, cuando oía el trueno cañonero, no miraba mi reloj para comprobar la exactitud.

Desde entonces lo “fetén”, lo exacto, lo garantizado, para mi no es tan “fetén,”, ni tan exacto, ni está muy garantizado.