Los brigadistas regresan a Benicàssim

Guillermo Casañ


Las Villas reviven sus días como hospital, casas de reposo y hogar para huérfanos de guerra



Una representación de las Brigadas Internacionales que lucharon en la Guerra Civil por la democracia visita esta semana España. El viernes llegarán a Benicàssim, donde recibirán un homenaje en Villa Elisa y visitarán el cementerio del pueblo.
La historia de su presencia en Benicàssim está por escribir y una parte importante de lo que voy a contar se basa en recuerdos, a veces borrosos, de los que lo conocieron hace ya 60 años.
La primera noticia que conocemos es la visita que unos representantes de la sanidad militar realizan al gobernador de Castellón en el año 1936. Buscaban emplazamiento para los heridos de Madrid. El gobernador les aconseja Las Villas de Benicàssim. Y eligieron el lugar por sus excelentes condiciones de salubridad y de reposo.
El centro sanitario funcionó desde diciembre del 36 hasta abril del año 38 y constaba de hospital, casas de reposo y hogar para huérfanos de guerra.
Llegó a tener 500 camas y estaba situado desde el “Camí Nou” hacia Oropesa. La mayoría de las villas fueron incautadas y una brigada de obreros, con jóvenes del pueblo, habilitó la zona como residencia sanitaria.
El hospital comprendía el hotel Voramar, que se llamaba “General Miaja” y la Villa Carles (hoy “Méndez Vigo”). Por lo menos en esta última había quirófano. Suponemos que este era el hospital conocido como “El Checoslovaco”, cuyo jefe médico era el checo B. Kisch. Estaba dirigido por Yvonne Robert y el doctor Bodek.


Compañeros de Hans Landauer, con la villa “La Tortea” al fondo

Además de los facultativos españoles, había alemanes, rusos y polacos. El personal se completaba con 25 enfermeras (15 eran de Castellón y el resto eran evacuadas de Madrid), cuarenta mujeres de limpieza, algunas de la localidad, y jóvenes (varios del municipio) que velaban de noche a los enfermos. “Los mandos estaban en Villa Victoria y Villa Eulalia, que ya tenían teléfono”, dice J. Oliver estudioso de la historia local.
Las casas de reposo se utilizaban para convalecientes y enfermos, clasificados por el tipo de herida. El número de villas oscila, según la referencia, entre 14 y 27, y sus nombres cambiaron por otros más relacionados con los brigadistas, como André Marty, Garibaldi, Largo Caballero y Pasionaria.
El hogar de huérfanos de guerra, que tenía escuela, abarcaba dos villas, una de ellas era la antigua Villa Elisa. Eran niños de Asturias y Madrid. Los brigadistas se preocupaban mucho por ellos. Hans Landauer recuerda que “regalamos zapatos a los pequeños”. En la Nochebuena del 37 repartieron juguetes entre ellos. Las colonias infantiles las mantenían los brigadistas y otras organizaciones.

Enfermeras hacen una cura a uno de los brigadistas en Benicàssim

En “El Club Azaña”, actual Villa Beutel, había biblioteca y café. Domingo Casañ, con diez años entonces, recuerda que el brigadista Guillermo Herman le acompañó para que el encargado le dejara llevarse libros. Como aparece en la “Consagración de la Primavera”, hubo una velada memorable. G. Herman avisó a mi padre para que acudiera. La función empezó con recitales y canciones en todos los idiomas y de pronto se apagó la luz y apareció un negro con voz prodigiosa. El momento culminante fue cuando todos entonaron “La Internacional”. “Años más tarde, al leer a Alejo Carpentier, me enteré de que el negro era Paul Robeson”, dice Casañ.
Castellón tuvo gran relación con los internacionales, que fueron homenajeados en el Teatro Principal. Pero eso ya es parte del otro capítulo de mi historia.

Teatro, comedor y economato propios

El teatro se llamaba “Henri Barbusse”. A pesar de la información que aparece en el libro de A. Carpentier, no está claro si era Villa Beutel o el garage del Voramar, ya que en ambos locales había actividades culturales. Allí actuó la “Brigada de Choque Cultural de Castellón” en días como el 1 de mayo. En el aniversario de la proclamación de la I República y en la victoria del Frente Popular hubo una gran velada.
El comedor estaba situado en el convento de las Oblatas. El señor Brunet recuerda que en aquellos días comió mucha carne de caballo. Villa Margarita sirvió como economato y matadero. Allí iba el carnicero del pueblo. Muchos pueblos les facilitaron víveres, sobre todo las famosas legumbres de Benicarló y Vinaròs. Había un recinto que se utilizaba como calabozo. Estaba custodiado, aunque no hay noticias de que se produjeran incidentes graves. Se utilizaba para penas menores, estados de embriaguez... Muchos iban a la conocida taberna de “Quica la Monja”, cerca de la curva que hace la calle Santo Tomás de Benicàssim.
Por otra parte, hay constancia de que al menos 50 brigadistas fallecieron en Benicàssim y fueron enterrados en el cementerio del municipio. Además de los españoles, había franceses, italianos, checos, polacos, daneses, americanos, belgas, holandeses, ingleses, finlandeses, lituanos y austríacos. Mucho tiempo después, los cuerpos de los soldados que no fueron reclamados se trasladaron al Valle de los Caídos.

Vida diaria

Los brigadistas internacionales no permanecían ociosos. Por la mañana había cursos obligatorios para aprender el español. De los franceses se ocupaba Abelardo Mus, violinista de Borriana.
En su rutina diaria estaba la gimnasia y hay noticias sobre la celebración de un festival deportivo a beneficio de los huérfanos. Tenis de mesa y béisbol entre americanos eran otras de sus distracciones, además de la pesca. El campo de fútbol estaba en lo que hoy es Torrecasim.
No mantuvieron mucha relación con los hombres del pueblo, pero algunos de ellos entablaron contacto con algunas jóvenes. “Siempre fueron respetuosos”, cuenta mi tía Francisca Socarrades.
También iban al cine Bayer, actual Teatro Municipal, donde proyectaron películas politizadas y otras románticas que propiciaban “roces” de afecto con sus acompañantes.
Un brigadista llamado Carlos subía al pueblo a dar clase a los niños. Era francés y cojo, recuerda José Forés. Usaban el colegio de monjas, actual Hotel Benicasim, donde les enseñaba a escribir.

Una entrañable relación con Castellón

Los brigadistas jugaron al fútbol con deportistas locales y regalaron una corbata a la Banda
Castellón tuvo gran relación con los brigadistas internacionales de la provincia. El partido Unión Republicana de Castellón regaló libros en inglés y francés a los heridos de Benicàssim.
El entierro de un brigadista inglés fue multitudinario. Previamente habían desfilado numerosos ciudadanos de Castellón por la capilla ardiente que se había instalado en el Hospital Provincial. Más adelante hubo un mitin homenaje en el Teatro Principal y, poco después la Banda Municipal iba a Las Villas para ofrecerles un concierto. Entonces, los responsables de las brigadas entregaron una corbata a la bandera de la Banda de Castellón y obsequiaron con un ramo de flores a la hija del consejero municipal, Ricardo Fayos. Sería interesante averiguar qué fue de la corbata.
En la conmemoración del XX aniversario de la Revolución Rusa también se homenajeó a los brigadista. Personajes ilustres de Castellón como Sos, Porcar y Adsuara estaban en el comité organizador. En diciembre invitaban al Consejo Municipal y al pueblo de Castellón al concierto que, en su honor, daría en Benicàssim la Banda Municipal de Madrid. También invitaron a la ciudad a la fiesta que organizaron al llegar el año nuevo.

La doctora austríaca F. Brauner auscultando a una pequeña huérfana

Asimismo venían a Castellón para fijar en la ciudad dos periódicos murales en que los numerosos elementos intelectuales de las brigadas exponían aspectos culturales de Benicàssim y la vida militar de las brigadas.
La última noticia que tenemos es de finales de marzo del 38, cuando se organizó en la ciudad “La semana pro-hospitales de sangre”. Uno de los actos fue un partido de fútbol en el campo de Sequiol entre un equipo de los internacionalistas y una selección de jugadores locales.
Según comentarios, Joseph Broz, el futuro mariscal Tito, estuvo en Benicàssim. No hemos encontrado pruebas. Hugh Thomas, historiador británico, escribe: “Tito niega que estuviera en España pero, teniendo en cuenta la cantidad de personas que afirmaron haberle visto allí, es posible que, como mínimo, visitara el cuartel general de las brigadas”.
Entre los intelectuales famosos sabemos que Gustav Regler, importante escritor alemán herido en Huesca, estuvo hospitalizado en Benicàssim. A principios de julio del 37 se celebra en Valencia el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Hay noticias que desde Castellón se organiza una recepción en Peñíscola y Benicarló para los intelectuales asistentes. Entre los españoles estaban José Bergamín, Gonzalo de Reparaz y el poeta Alberti. Es posible que se detuviesen a visitar a los heridos de Las Villas.
La poetisa inglesa Sylvia Townsend Warner, de la delegación británica del congreso, visitó también el centro. Fruto de su vivencia, escribió el poema “Benicasim”, que describe la impresión que le produjo ver mezcladas la belleza del Mediterráneo y la antesala de la muerte en los heridos y mutilados.
Stephen Spender, el poeta inglés, estuvo en Castellón y probablemente visitó Las Villas.

Un herido reposa en la cama rodeado de varios de sus compañeros

En julio del 37 se realizaron actos en homenaje a García Lorca en Castellón. Delegados del congreso, como el mexicano José Mancisidor, el importante escritor soviético Ilya Ehrenburg y españoles como M. Altoaguirre asistieron a tal evento cultural. En el acto del Teatro Municipal, el mexicano cita en su discurso al hogar de huérfanos de Las Villas que acababa de ver. Era común la visita de los intelectuales a los hospitales para tratar de animar a los muchos heridos. Hemingway, que estuvo en España entonces, fue uno de los más famosos.

“La Pava”

¿Quién no recuerda a “La Pava”, aquel bombardero que “tiraba caramelos y también bombones”? En la guerra civil, Castellón y los pueblos próximos vivieron un auténtico “frente en el aire”. Los más de trescientos avisos de alarma y el millar de casas afectadas por las bombas dan una idea del ambiente de enorme tensión que se respiraba. En Benicàssim también se construyeron refugios, unos particulares y otro del Ayuntamiento, detrás de la Iglesia. Cerca de Villa Boera, los brigadistas hicieron uno, y había otro en el “Palasiet”.
La aviación quería cortar la vía. Una bomba cayó en el interior de un hospital. En otra fecha, unos hidros ametrallaron la zona, y el señor Brunet recuerda que “tuve que esconderme y tirarme a tierra”. Tenían defensas anti-aéreas frente a las villas Comín y María.

Carta de un brigadista

En su retiro de Benicàssim los brigadistas vivieron una situación especial. Alejados del frente, en contacto con la sencillez y alegría de un pueblo agrícola, vitoreados y reconocidos como seres excepcionales por la intelectualidad castellonense e internacional y viviendo en villas que eran mansiones en un paisaje mediterráneo, tenían por fuerza que sentirse bien.
Un brigadista escribía, en su carta a una “madrina de guerra”: “ ... me recuerdo siempre de mis mejores amigas de España y de esto pueblo muy simpático que estuvo mucho tiempo con vosotras ... hoy tiene cinco meses aquí et tiene ganas de marchar por ir a trabajar a Benicasim para paseo con vosotras igual que antes et ir al cine el domingo”.
Hans Landauer, años después, confesaría que, a pesar de la estancia agradable en Benicàssim, “para aquellos heridos sí había una preocupación: la guerra y los inválidos que, lejos de casa, no veían su futuro”. Hoy ya lo han encontrado

Publicado en Mediterráneo el 6 y 7 de noviembre de 1996