Buscando al doctor Tallenberg en la batalla de Morella

Guillermo Casañ

gcasan@telefonica.net

 

Medio millar de médicos de todo el mundo vinieron a España a ayudar a la República durante la Guerra Civil. La gran mayoría se integró en las Brigadas Internacionales, unidades creadas por el Gobierno para combatientes extranjeros. Una veintena murió en España. No suele ser normal que mueran médicos en acción de guerra, su trabajo es más de retaguardia. Sin embargo, los hubo que desafiaron balas y aguantaron bombardeos para cumplir su misión. No tenemos certeza de lo que aconteció con el Dr. Tallenberg salvo que desapareció en los combates de Morella en abril de 1938. El comisario de la 129 Brigada Internacional (B.I.) informa al mes siguiente que corren diversas versiones sobre su paradero: los hay que le consideran desaparecido, otros herido y también aquellos que le creen prisionero. En su informe, uno nota enseguida el gran aprecio que le tenía al leer frases como “el destino de nuestro camarada nos ha dejado el corazón roto.” La familia del Dr. Tallenberg comenzó a echar en falta sus cartas y pensó que algo grave le habría sucedido. Pero no sería hasta después de la guerra cuando el Gobierno checo les comunicó oficialmente su muerte, si bien nunca se encontraron sus restos. Pocos años después murió el padre, y la madre dedicó unas frases a su hijo desaparecido en España en la lápida de su difunto marido. El Dr. Tallenberg no tuvo hijos, pero sus sobrinos Mordechai Kremer y Tzvi Engel, aunque no le conocieron personalmente, le siguen manteniendo en su memoria. Tanto es así que hace pocas semanas estuve con uno de ellos y su esposa: Mordechai y Ruth. Hace años que nos carteamos. Se puso en contacto conmigo porque buscaba información sobre su tío. Antes de ser nombrado Jefe de Sanidad de la 129 B.I., había dirigido el hospital de las B.I. de Benicàssim, tema sobre el que estoy investigando. Me sorprendió mucho su optimismo, ¡pretendía encontrar los restos de su tío! Yo había investigado su vida y me intrigaba mucho que Andreu Castells, gran historiador de las B.I., escribiera que había sido canjeado. Me intrigaba porque no aparecía ningún rastro de su paso por las prisiones franquistas. Sin embargo, el interés del Sr. Kremer redobló el mío y volví a bucear en los archivos, especialmente en la documentación referida a los combates de Morella. Cuando el Sr. Kremer, profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén, me dijo que venía a España, le propuse visitar la capital de Els Ports y conocer en vivo aquellos lugares donde acampó la brigada de su tío.

 

Capitán-médico David Tallenberg. España 1936-1938.

 

El profesor Kremer es una persona amable, generosa e intensa. Nos encontramos en un bar junto al Portal de Sant Miquel de Morella. Al poco de saludarnos, ya me había formulado varias preguntas sobre el historiador Castells, pues además de autor de la principal obra sobre las B.I. había combatido en la brigada del Dr. Tallenberg: ¿qué grado militar ostentaba? ¿Qué nivel de libertad de expresión había a principio de los 70 cuando publicó su libro? ¿Hasta qué año hubo campos de concentración en España?… Le contesté de forma resumida porque el tiempo apremiaba. Esa misma tarde debían regresar a Barcelona y teníamos que partir al escenario de los combates.

 

Nos acompañaba Cándido Pitarch, agricultor de La Pobleta. Su presencia podía ser de ayuda al haber seguido a escondidas a los que enterraron muertos de aquella batalla. También invité a Francesc Duarte, arqueólogo, y quedamos en reunirnos en La Pobleta, pedanía de Morella fronteriza con Teruel. Antes de describir la visita debemos aclarar que a principios de marzo de 1938 Franco lanzó una de las ofensivas más brillantes de toda la guerra. La amplitud de la maniobra, se extendía desde los Pirineos hasta el Sur del Ebro, y el éxito en su ejecución desbordaron al ejército republicano. En algo más de un mes el ejército rebelde llegó al Mediterráneo partiendo la España republicana en dos. En la ofensiva al Sur del Ebro, la conquista de Morella fue clave. Su caída se produjo en dos fases: el 3 de abril con el asalto a La Pobleta, y el 4 del mismo mes en los combates del Port de Torre Miró. Al atardecer, abandonada por el coronel Menéndez, Morella se entregaba sin disparar apenas un tiro al general Alonso Vega quien, once días después,  se santiguaba con agua salada en Vinaròs.

 

Mordechai Kremer observado un enterramiento cercano a La Pobleta (Morella)

 

Subimos al coche y tomamos la carretera N-232. El Sr. Kremer tenía mucha ilusión en este viaje. Había heredado del hermano de su madre un gran optimismo que me había contagiado. ¿Podríamos encontrar sus restos 70 años después? La tarea me parecía imposible y lo más realista era señalarle aquellos lugares dónde había estado la 129 B.I. Al subir el puerto les hice fijarse en el Mas del L’Aljub, donde había pernoctado el Estado Mayor de la brigada tras retirarse de La Pobleta. Al llegar a lo alto, les mostré las masías del Ventorrillo y de Molins. El Sr. Pitarch nos contó que su hermano presenció cómo los republicanos inutilizaron una tanqueta atacante. Los internacionales estaban tratando de contener el avance rebelde con ametralladoras y varios tanques, pero su esfuerzo fue inútil frente al ametrallamiento de los cazas. Más adelante vimos el monolito en honor a los caídos de la IV División de Navarra que se erige junto a la carretera. Esta unidad y la 83 División atacaron nuestra provincia, y en la posguerra el Ayuntamiento de Castellón les dedicó dos calles: Navarra y Martín Alonso, el general de la otra división.

 

Llegamos a La Pobleta. Allí nos esperaban Francesc y sus amigos (Silvia, Ernesto, Ximo, Paco, José y Susana). Le conocíamos porque el profesor Kremer había escrito carta al Ayuntamiento de Morella para preguntar sobre la desaparición de su tío y el alcalde, Ximo Puig, le encargó la investigación. Desde un mirador observamos el paisaje de la primera batalla. Nos encontrábamos a unos 1.000 metros de altitud. A nuestros pies una planicie, a los lados sierras que parecían murallas y que convertían nuestra posición en una fortaleza. Los republicanos la habían reforzado con nidos de ametralladoras y trincheras. Convertida en un bastión difícil de batir, el general Aranda dictó una orden especial para su asalto. El ataque principal lo ejecutaría la IV División desde Monroyo y Torre de Arcas, y el secundario la 83 desde Zorita. El sector lo defendían la 79 y 129 brigadas. El asalto comenzó a las 9 de la mañana y terminó al anochecer. La infantería, con apoyo de aviación y artillería, logró rebasar La Pobleta unos 6 km al final de la jornada. Llegaron aproximadamente hasta el Mas de Carbona y vértice Adell. Para explicar el desarrollo de la batalla, aclaremos antes que las operaciones militares son complejas y realizan varios movimientos a la vez. En una primera maniobra, dos batallones atravesaron la primera línea republicana por el Este de La Pobleta, rodearon el pueblo y cortaron la carretera a la altura de la Venta del Ciprés. Aproximadamente a la 1 de la tarde, estos batallones habían logrado causar la retirada de los que defendían las alturas alrededor del Feltré, y copar a los que luchaban en el Oeste de la pedanía. Por otra parte, una hora antes, se habían iniciado dos maniobras adicionales: una frontal sobre el Tossal de Perelló, al SE de Torre d’Arques, y otra de reconocimiento sobre Herbés, el pueblo vecino. Los defensores de aquella cota cercana a los 1.000 metros se vieron sometidos a fuego cruzado y pronto sucumbieron ante el Batallón de Las Navas. Los que marcharon por la carretera de Herbés, en cambio, se encontraron con el puente de la carretera volado y fueron rechazados por el fuego de las ametralladoras republicanas. Por último, de nuevo hacia la 1 de la tarde, dos batallones franquistas atacaron las alturas de La Camiseta y La Solana de Arnau, cercanas a Herbés. Hacia el final de la jornada, se produjo un pequeño contraataque republicano, y una incursión de la Aviación sobre Monroyo sin grandes consecuencias. Vistas todas estas maniobras, ¿dónde desapareció el Dr. Tallenberg? Lamentablemente, sólo podemos especular con las pistas que encontramos en los Diarios de Operaciones de los atacantes. Estos documentos describen de forma resumida los puntos alcanzados, las bajas, el material apresado…

 

Ruth Kremer, Cándido Pitarch, Mordechai Kremer. La Pobleta (Morella)

 

En conjunto, los franquistas no sufrieron casi daños, pero infringieron duro castigo a los republicanos. Según estimaciones de la IV División, unos 200 muertos, más de un centenar de prisioneros, y un rico botín de guerra. En el Diario de Operaciones correspondiente al 3 de abril apareció la primera pista que podía estar relacionada con el Dr. Tallenberg: ¡Los atacantes mencionaban la captura de una ambulancia de las B.I.!  Este dato era significativo porque otro documento, de un archivo checo, informaba que el Dr. Tallenberg había desaparecido cuando trataba de recuperar una ambulancia rezagada. Continúa el documento explicando que en el trayecto para recuperarla “se topó con un grupo de soldados enemigos que le conminaron a rendirse. El Dr. Tallenberg rehusó, y en el consiguiente tiroteo cayó muerto.” Sabíamos que la ambulancia había sido capturada por la IV División el 3 de abril, ¿pero dónde? ¿Qué batallón la había capturado? Lo único que podíamos deducir era que la captura debía haberse producido cerca de una pista o carretera.

 

La lectura del documento checo también me evocaba pensamientos de otro tipo. Me preguntaba ¿cómo el que había sido un científico en Checoslovaquia, actuaba como un legionario en España? Hans Landauer , veterano brigadista e historiador, me dijo que es la guerra misma y no las escuelas militares las que te enseñan a estar en el frente. Aquel investigador médico hacía casi un año y medio que había recibido su bautismo de fuego en Teruel. Luego vendría el frente de Málaga, los combates de Valsequillo, y el infierno de Brunete. El Dr. Becker, compañero de armas, se refería a él como “el león del batallón” por su arrojo y sensibilidad. Como botón de muestra, la fiesta de cumpleaños que organizó en Benicàssim para la doctora Klein, la médico más joven del hospital.

 

Seguimos buceando en archivos. El Parte de Operaciones aportaba un detalle que no aparecía en los Diarios de Operaciones: informaba de la captura de un médico por el Batallón de las Navas. Ese mismo día también se habían apoderado de una ambulancia. Era muy importante entonces seguir los movimientos de este batallón de la IV División. Su misión principal había sido el ataque al Tossal del Perelló. Le comenté al profesor Kremer que eran muchas coincidencias para un mismo día. Le dije también, ante sus dudas (el médico hecho prisionero podía ser de otra brigada), que no se informa del apresamiento de un médico ni de un vehículo sanitario los días posteriores. La  ambulancia debía haber sido capturada entre el cerro de Torre d’Arques y, aproximadamente, el Mas de Carbona, masía hasta donde llegó la IV División ese primer día del ataque a Morella. Eran más de 6 km de carretera. Esta distancia podría reducirse más si la ambulancia quedó rezagada antes de la Venta de Farinetes. Cerca de esta masía, la artillería republicana y el valor del teniente coronel Ibarrola contuvieron la progresión de los blindados atacantes, ganando un tiempo valiosísimo para aquellos que se retiraban apresuradamente. Unos segundos más pueden costar muy caro. Lo saben muy bien aquellos soldados que arrojan sus armas para correr más rápido. El personal médico puede tirar su bolsa de primeros auxilios, incluso abandonar el material quirúrgico, pero ¿qué hace con los heridos? Seguramente los subieron al vehículo sanitario. La ambulancia se quedó atrás. Afortunadamente, las piezas anticarro de Ibarrola estaban ganando unos segundos, ¿fue entonces cuando Tallenberg saltó para recuperar la ambulancia?

 

Mas del Garro (Herbés). Puesto de Mando de la 129 B.I., abril de 1938.

 

Puesto que el Batallón de las Navas apresó a un médico es probable que también capturara la ambulancia, y como su misión principal había sido atacar el cerro entre Torre d’Arques y La Pobleta, invité al grupo a visitarlo. Subimos la montaña andando. Vimos restos de trincheras y refugios. Por un momento tuve la sensación que íbamos a encontrar algo, que el Sr. Pitarch nos señalaría algún enterramiento... Pero nos contó que era término de Torre d’Arques y que las inhumaciones las habrían hecho sus vecinos, ya que generalmente el “alcaldillo” que las fuerzas de ocupación nombraban era quien, al poco tiempo, formaba un grupo para dar sepultura a los combatientes muertos dentro de su municipio. Volvimos a observar el paisaje de los combates. Al fondo, la Ermita de Santa Bárbara desde donde la artillería pesada franquista escupía sus obuses. Nuestro cerro, al estar un poco adelantado, parecía un torreón aislado. Imaginé la valentía de aquellos hombres dispuestos a defender una posición tan arriesgada, y recordé que el valor también se sostiene por el sentimiento de grupo; los soldados actúan como un rebaño. Si los compañeros aguantan tú también lo haces, pero si el pánico hace mella, entonces es fácil la desbandada. Hacia la una de la tarde del día de la primera batalla, los del cerro estaban aguantando una presión enorme. El Batallón de las Navas les atacaba frontalmente, y dos batallones por su retaguardia. Además, la 83 División presionaba el flanco occidental en su avance hacia la Ermita de San Marcos y el Mas de Omella. El fuego cruzado terminó de producir la desbandada. La situación por toda la línea occidental de La Pobleta debió ser muy comprometida pues el comandante de la 79 Brigada y su Jefe de Estado Mayor cayeron prisioneros… Eso decía el Diario de Operaciones. Sin embargo, otro documento nos aclaraba algo sorprendente. El Comandante José Moreno había ordenado la retirada prematura de la brigada y, en lugar de retirarse para reorganizarla, se presentó voluntariamente a los “nacionales”. Así consta en la sentencia que le condenó a catorce años de reclusión temporal.

 

Al bajar la montaña, José de Antonio, arqueólogo de Vinaròs, encontró un trozo de obús. Aunque los lugareños habían repasado la zona buscando metralla para venderla a peso, aún se encontraban restos… Volvimos hacia La Pobleta y paramos donde se había enterrado muertos de aquellos combates. El Sr. Pitarch recordaba a uno desangrado, con un pañuelo atado en la pierna, que aún escribió algo en su agonía. Era ininteligible. Pensaron que sería ruso. La 129 B.I. era como la torre de Babel, estaba compuesta, además de españoles, de voluntarios de muchas nacionalidades: balcánicos y centroeuropeos principalmente. Su comandante era el polaco Wacek Komar y se integraba en la división Extremadura al mando del teniente-coronel Aldo Morandi, italiano.

 

Habíamos descartado desplazarnos a Villores, pueblo donde se había establecido el puesto de mando divisionario. Tampoco teníamos tiempo para recorrer las calles de Zorita, el primer pueblo valenciano que ocuparon los rebeldes. Pensamos que sería más interesante visitar el puesto de mando de la brigada del Dr. Tallenberg. Como médico jefe debía acudir a las reuniones del Estado Mayor de su brigada y así establecer adecuadamente los puestos de socorro, hospital de campaña, líneas de evacuación etc. Era tarde. Después de los miles de kilómetros que habían recorrido, era una pena no visitarlo. Cerca de la Venta del Ciprés, una pista lleva de La Pobleta a Herbés. Cruzamos una planicie dónde aún se cultiva trigo y cebada. A la izquierda vimos el Mas del Feltré y el collado por donde entraron los batallones de la IV División que desequilibraron la primera batalla. Al fondo, como un ojo enorme, la Cova del Garro. En sus entrañas, familias de La Pobleta se refugiaron para protegerse de las bombas. Llegamos a un barranco donde pastaba ganado y paramos. Aunque aquellas vacas pareciesen tranquilas, iba acompañado de personas cercanas a los ochenta años, y pensé que deberíamos ser prudentes. Una vez le comenté a Kremer que había ido a los San Fermines, y me contestó que no entendía que arriesgáramos la vida de esa manera. Lo decía una persona que había sobrevivido el Holocausto y la II Guerra Mundial; que habían hecho la mili tres años en uno de los ejércitos más modernos del mundo. El Sr. Pitarch nos señaló el Mas del Garro. Estaba situado en la cresta de una montaña, parecía controlar toda la zona y comprendí entonces porqué habían elegido esa masía hoy abandonada. El paisaje era frondoso, seguramente igual que hace muchísimos años. Me imaginé como Tallenberg acudía allí para departir con el Mando. Imaginé la energía de aquellos hombres recién llegados del Frente de Extremadura para taponar el boquete que el Ejército del Norte estaba perforando. Les imaginé cansados, su ropa llena de polvo, y me pregunté cómo mantenían la moral tras varios días en retirada… ¿Qué pensaría en sus ratos libres? ¿En Vlasta, su esposa? ¿En la música del chelo que aprendió a tocar de pequeño en Hungría? ¿En el teatro que representaba más tarde en Checoslovaquia? El Sr. Kremer volvía al presente y me preguntaba si las masías derruidas eran por causa de la guerra. -Son por abandono, le dije. La guerra contra el maquis castigó también a los massovers, y el campo cada vez iba dando menos dinero.

 

Eran casi las 3 de la tarde y teníamos mesa reservada en el restaurante La Espiga. Pretendía seguir por la pista y llegar a la carretera de Las Minas, y de allí a Castell de Cabres dónde comeríamos; pero el camino empeoraba y volvimos a la N-232. Ahora conducía en la retaguardia de la caravana. Delante de nosotros una ranchera con un perro asomando su hocico me hacía pensar si estábamos en la América profunda en lugar del Maestrazgo. Llegamos otra vez al puerto. a los massovers del Ventorrillo y paramos a saludarles. Ya les había entrevistado ( Ana Tena y su marido, Fran Medina, me habían facilitado contactos). Muchos años antes el historiador Castells había hablado con su padre; ahora nosotros conversábamos con los hijos. La charla fue breve, no se encontraban de muy buen humor pues les habían “entrado” en la masía la noche anterior.

 

Tuvimos suerte con el tiempo. Sol radiante y nieve en el puerto. La carretera tenía hielo y conducíamos despacio. Pasamos por el Mas de Torre Miró, y la entrada a la carretera de Las Minas. Allí, según Castells, el Dr. Tallenberg había sido hecho prisionero y luego canjeado. Esto último siempre me había intrigado, ¿cómo es que no encontraba ningún rastro? Los libros sobre prisioneros de las Brigadas Internacionales y de canjes no le citaban. El Archivo de Guadalajara, que contiene la información de prisioneros de guerra, tampoco tenía datos. El profesor Kremer escribió a la Cruz Roja Internacional y le contestaron que su tío aparecía en un listado elaborado por el Gobierno republicano para un “posible” canje, pero no tenemos noticias de que este se produjera. Además, dos trabajadores de Las Minas (José Rallo y Ramón Querol) me contaron que nunca habían oído decir que aquello se utilizara de prisión. Les había entrevistado gracias a José Ramón Segura, el dueño del restaurante a donde por fin habíamos llegado. Primero nos obsequió con un aperitivo de lujo: trufas. Por supuesto, jamón del terreno tampoco faltó en la mesa. Me llamó la atención la sopa de almendras y la galta de porc, que la pidieron los más atrevidos. Todo acompañado de un tinto tan intenso que manchaba la botella. Durante la comida, le pregunté al Sr. Kremer por qué su tío se había hecho comunista. Me dijo que seguramente por sus investigaciones en el campo de la medicina laboral. El estudio del el envenenamiento de los mineros checoslovacos le habría sensibilizado. Hablé con Ruth sobre Israel. Nos dijo que hubo un tiempo de optimismo con los palestinos que ahora había desaparecido. El Sr. Pitarch nos contaba sus hazañas con la trufa. Es un hombre muy dicharachero. Tenía muchas ganas de preguntarle al Sr. Kremer el porqué de tanto ahínco en la búsqueda de su tío. Nos contó que estaba muy presente en la historia familiar, que su abuela siempre le guardó luto. Le pregunté si es que le había hecho alguna promesa, si tenía que rezarle el kadish o encontrar sus restos por algún motivo religioso… Nos dijo que no; entonces se refirió a una carta que el Dr. Tallenberg escribió a su madre. Le decía que se alegraba mucho que su hermana estuviera embarazada; y que le gustaría que le pusieran a su sobrino de segundo nombre David… No pudo ser porque desapareció en España y la tradición judía dice que el tío ha de estar vivo… Sin embargo, Mordechai le puso David a su hijo.

 

Llegamos a los postres. La quallà estaba riquísima. Mordechai salió un momento, y volvió con regalos. Eran piezas de cerámica con motivos de Jerusalén. Las había comprado en la Vía Dolorosa a un comerciante armenio. A Xesco le obsequió con un libro sobre la Ciudad Santa. Estábamos todos emocionados, y traduje al inglés que Silvia tenía los pelos de punta… Xesco y yo nos levantamos a pagar, pero los Sres. Kremer ya lo habían hecho. Era muy tarde. Tenían que coger el tren. Apenas pudimos despedirnos. Nacho, cineasta valenciano, y yo llevamos al Sr. Pitarch a Ulldecona. Bajamos por esa carretera angosta de Benifassar que lleva a La Cenia. Con su monasterio de siglos, parecía otro mundo. En sus muros, rebotaba como un eco el nombre de un franciscano medieval que conseguía resolver desapariciones y muertes misteriosas. Nosotros, en cambio, nos marchábamos sin encontrar los restos de David Tallenberg. Al igual que sus sobrinos, tampoco le habíamos conocido personalmente. Pero el médico “checho”, como se referían a él los aragoneses a quienes atendía en periodos de descanso, había dejado mella en nosotros. Anochecía. El Sr. Pitarch nos contaba que nunca había imaginado que su experiencia de la guerra serviría para algo. -Heu de tornar un altre dia, nos dijo. -Vos faré corder a la brasa en La Pobleta.